1. TRES INTERROGANTES QUE INTERPELAN AL SUJETO Y SUS AVATARES

    Alan Daniel Morado Granados

    En las páginas siguientes, tres interrogantes cuya respuesta pretende hacer luz sobre algunas cuestiones del sujeto serán puestas a prueba. La elección de las cuestiones que se van a presentar se soporta en una respuesta que diga del tránsito del sujeto por el sendero de su causaciòn. Mas encima, nos permitirán tasar la transformación que estas, las concepciones lacanianas del objeto y el sujeto, hubieron en el transcurso de su enseñanza.

    I. De una resolución que aclare las operaciones de alienación y separación en la obra de Lacan.

    En la descripción del tránsito subjetivo por el campo del lenguaje, nuestra disciplina psicoanalítica nos permite diferenciar entre las operaciones de alienación y separación, atribuyendo gran valor a ese distingo. Teniendo en cuenta la observacion anterior, habremos de seguir a Lacan en esas dos operaciones fundamentales; que se destacan en una circular, aunque no recíproca relación; y responden de una interrogante sobre la causación del sujeto.

    La primera, referida por Lacan como alienación; comporta la «división orginal del sujeto consigo mismo por virtud de su aparición en el juego de los significantes» (HEATH, 2006). Esta alienación, que es fundante del sujeto, no es el hecho del Otro, sino el hecho del sujeto. Como efecto y no como fuente, el sujeto es sujeto a una división. Atravesado por los efectos del significante, representado y excluído por éstos habitantes del campo del Otro; el sujeto se producirá manifiestamente bajo el imperio de una disyunción. Consideremos, por ejemplo, la preposición «o». Que puede servir como conjunción y como equivalente, empero; también como una que Lacan insisitió en ligar con el «vel» de la lengua latina (LACAN, 1963). En la formulación «tu dinero o tu vida» , donde se escoja cualquiera, se perderá la otra. De tal suerte que Lacan caracterizó esta cuestión como el «vel alienante», y lo transportó a cuenta propia a la operación del sujeto en el lenguaje en términos de «el vel que condena al sujeto que sólo aparece en esta división - si por un lado el sujeto aparece como sentido, producido por el significante, en el otro aparece como afánisis» (LACAN, 1963), volveremos sobre esta palabra última en alguna oportunidad futura. En la cuarta clase de ese seminario, incluso dibujó un diagrama de Venn para blanquear el asunto: «Ilustremos esto con lo que nos interesa, el ser del sujeto, el que está aquí del lado del sentido. Si escogemos el ser, el sujeto desaparece, se nos escapa, cae en el sin-sentido; si escogemos el sentido, este sólo subsiste cercenado de esa porción de sin-sentido que, hablando estrictamente, constituye, en la realización del sujeto, el inconciente. En otros términos, la índole de este sentido tal como emerge en el campo del Otro es la de ser eclipsado» (LACAN, 1963). En otras palabras (una vez más), forjado en el rastro de lo que opera para constituir el sujeto, el inconsciente entre el «$» y el «A» es la acción de división.

    La segunda operación fundamental en la causación del sujeto es descrita como aquella de la separación, un término extendido en los bastidores de la equivocación y la cuya etimología significa no simplemente nuestra vulgar «separación», sino también la voz francesa «parer», «a-partar», e incluso «engendrar»; si se toma la raíz latina «se parire» (MILLER, 1966). La separación del sujeto es, pues, en su tránsito por la metonimia del deseo; su autoprocuración de y por el Otro en una especie de repetición interminable de los significantes en los que inicialmente se divide y para los que está de ésta suerte subordinado por segunda vez. Cosa que inscribe al «$», no tanto en el terreno de la falta; mas por su redoblamiento en esta operación, como pérdida esta vez (LACAN, 1964). Suponemos en el «$» una separación también de los significantes del campo de «A», más aún, suponemos de igual manera una separación de «$» con respecto de la posición de objeto que hubo de ser para el goce (supuesto) de «A». Forma en la que la operación circular se cierra y cierra así la causación del sujeto. Empero, también habilita a este «$» ubicarse en posición objetal para interpelar el deseo de «A», barrándolo y constituyendo un «A ».

    No puede resultarnos indiferente que las operaciones aquí presentadas dicen de una doble determinación subjetiva. La consecuencia lógica de la falta de un significante que sea unívoco del «$» es una que Lacan llamó fading. Esto equivale a decir lo mismo, sin embargo, de otra manera. La licencia de espacio con que contamos es limitada, bástenos decir por el momento, que nos volcaremos sobre el término «afánisis», prestado de Ernest Jones y con el que Lacan se soportó en su Seminario XIV para su lectura del Hamlet de Shakespeare (LACAN 1966). Abolición total y permanente de la capacidad de gozar, cuyo temor se encontraría en la base de todas las neurosis; una desaparición del sujeto mismo en su relación con los significantes. Cuestión que nos lleva a una nueva interrogante.

    II. Sobre el objeto petit a en su dimensión real y sus soportes en el seminario L’Angoisse

    «…est-ce que vous ne savez pas que ça n’est pas la nostalgie de ce qu’on appelle le sein maternel qui engendre l’angoisse, c’est son imminence.» (LACAN, 1963)

    Hemos aclarado hasta ahora que en su trayecto por el campo del Otro, el sujeto no sale sin una barra que lo marca. No pocos psicoanalistas que me precedieron en estas formulaciones asociaron tal resultado de la operatoria del lenguaje con el «einziger Zug» que Freud formuló en su Psicología de las Masas y Análisis del Yo (FREUD, 1925). Empero, en la obra freudiana, el «Zug» opera sobre el Yo, más que sobre el «$». Es que la raigambre freudiana de la enseñanza de Lacan no puede ser pasada por alto.

    La concepción del objeto «petit a» tambien fue rastreada por nuestra disciplina en la obra freudiana, se encontró su asiento, (según lo formulado en el Seminario IV) en la concepción del objeto perdido del deseo de Freud (LACAN 1956) . Que ese objeto es imposible de ubicar con exactitud, pero condición para la producción de la satisfacción de objeto; es hasta este punto innegable. Pero su afirmación en la enseñanza lacaniana tomó fuerza a partir del décimo de sus seminarios, dedicado a la angustia. Más aún, apenas sobre el final de la segunda clase, dibujó un esquema que traduce al «a» como el resultado de la operación que barra al «$» (LACAN, 1962). Habiendo señalado el distigno entre la operación de separación y la de alienación en el carácter que la primera comporta de pérdida; nos es lícito colocar al «a» en un lugar imposible de ubicar con precisión. De tal suerte que del «a» su delimitación, e incluso su ubicación sólo se podrá hacer a ciegas mirando sus efectos como causa del deseo o como un «plus-dejouir» (LACAN, 1969).

    Empero, nos resta todavía dilucidar que este «a» habita el cuerpo, más aún; que es cuerpo. De ahora en más, a la luz de esta consideración, no podremos desasir este «a» de la cuestión que engrapa el cuerpo con el goce. Y debido a que no está a nuesro alcance aquí extender toda la bibliografía dedicada al asunto, tomemos la clase 16 del Seminario X para nuestro efecto. Ante su auditorio, Lacan formuló el término objetalidad en las antípodas de la llamada objetividad, que dejó del lado de un mero «formalismo lógico» . A la segunda, la trató en terminos del «correlato de un pathos de corte» (LACAN, 1963). No es enteramente transparente a primera vista que Lacan está denunciando un aplanamiento conceptual del «a» como mera causa, pero es patente en nuestro punto. El «a» comprende «una parte de nuestra carne atrapada en la máquna formal». Nuestra propuesta vuelca su interés en esta cuestión (lo que el «a» trae de real, lo que el «a» comporta de irreductible) porque con el Lacan del Seminario XVII apostaremos por traducir esta «maquina formal» en términos del discurso.

    Pero aún tenemos que volvernos sobre lo dictado ese día, pues sobre el final de la lección, Lacan reconció el genio shakespereano que había leído en su acercamiento al Mercader de Venecia, en la temática de la «libra de carne» y legalizó su deuda con la obra de Shakespeare (y de paso con la «biblia hebráica»). El «singularily merry» que puede entrar en un pacto, o en una demanda; puede causar el deseo. Empero, no puede ser tomado porque no tiene medida (LACAN, 1963). Podemos, sin riesgo de adentrarnos demasiado en la materia, aparear la cuestión presente con aquella del número de oro. Concluímos que «a» expresa una proporción que es inconmesurable y que carece de manera de ser medida o definida con claridad.

    Mas nos resta concluir que «a» es entonces cesible. Es condición necesaria para la captura del mundo de los objetos. Es, como indicamos, cuerpo; también. Pero nos ha faltado reconocer que su correlato subjetivo es aquel de la angustia. Hemos puntualizado aquí que el «a» como real comporta algo de inaprehensible, algo de imposible; con legal independencia de su carácter de resto. Mas es complicado colegir la naturaleza tautológica y no causal del «a» como causa al mismo tiempo. Que es imposible una clase de reencuentro con este objeto es, hasta ahora, innegable; sin embargo, no borra lo anterior el carácter de soporte, «sustrato de toda founción como tal de la causa», que blanqueamos más arriba. Bástenos concluir que el «a» es causa del deseo, pero no sólo el deseo de «$», sino también el de «A ».

    Hasta este punto, nuestro desarrollo parece haberse volcado sobre sí mismo en su revés. Mas encima, para nuestra adecuada comprensión del bucle que recién recorrimos, nos ocupa una nueva interrogante.


    III. Anotaciones breves sobre el uso de la topología en la obra de Lacan. La banda de Mœbuis.

    No es nueva, en esta altura, la deuda que la enseñanza de Lacan reconoce a las llamadas ciencias formales. De entre ellas, la matemática corona el abrevadero al que recurrió en las largas décadas de su producción. De entre las disciplinas alineadas con las matemáticas, Lacan mostró un peculiar y consistente interés en la topología. En nuestros días, el concierto de los psicoanalistas reconoce las numerosos direcciones en que la introducción de los conceptos topológicos hicieron avanzar nuestra disciplina en todas direcciones. Pero quizá sobre la que su introducción pretendía avanzar con más contundencia, era aquella de obliterar la materialidad con la que la psicología de la época estaba llevando la obra freudiana, y sobre todo esa materialidad que estaba siendo importada como atributo del sujeto del psicoanálisis; a los ojos de Lacan. La topología es, de las matemáticas, el estudio estudio de las propiedades de los cuerpos geométricos que permanecen inalteradas por transformaciones continuas, independientemente de su forma.

    Tomando nuestros anteriores desarrollos, que el «$» es un efecto, que es efecto de una operación que lo confronta con «A», y que de esa operación sobreviene un resto «a»; se nos facilita la formulación de que en la disciplina psicoanalítica, es el sujeto el efecto de su enunciación. Reconocemos así un sujeto que se encuentra entre la articulación de dos significantes determinados en el lenguaje del Otro. Que solo puede advenir a la escena cuando se produce un corte en la enunciación. Posiblemente el poema de Till Lindermann, Wo bist du pueda aclarar la cuestión, pues de la frase «Ich liebe dich nicht mehr» (que puede ser traducido como no te amo más), al producir un corte luego de cada una de las palabras, se produce una frase con diferente sentido. (Yo, Yo amo, Yo te amo, Yo no te amo, y Yo no te amo más; progresivamente).

    La colección de gráficos y esquemas que Lacan heredó al saber psicoanalítico siempre comportaron un acercamiento que pudiera dar cuenta de los desarrollos teóricos y sobre los que la impronta de las formalidades lógicas y topológicas es indeleble. Quizá el más ubicuo de ellos sea el de la Banda de Mœbuis. Que aunque dificil de imaginar, consta de una suerte de anillo del que se puede decir que tiene sólo una cara, compuesta por el corte y media torción, y recomposición de un anillo. Si encima de una cara cualquiera, se trazase una linea continua se llegaría con sorpresa al punto inicial sin despegar el lápiz. La concepción lacaniana de la extimidad, que se aparea con la freudiana del exterior interior son ilustradas de forma muy conveniente por la banda de Mœbuis.

    Empero, quizá una de las funciones más interesantes que competen la homologación del «$» con la banda de Mœbuis sea la de su función de corte. Pues si se hace un corte transversal sobre la banda, ella se transformará en una cinta, con inicio y con final. Con ambos lados también. Sin embargo, si se profiere un corte longitudinal, sobre la línea imaginaria que hubo de ser trazada con un lápiz; la banda compondrá ahora, en lugar de las dos bandas Mœbuis que la imaginación intuitiva puede colegir; una sola banda continua de carácter bidimensional. En cualquiera de los cortes, en resumen, la propiedad mœbiana de la banda habrá desaparecido. Justo como el «$» que ha quedado en fading.

    Nuestro trayecto entonces, comportado como un riel mœbiano se reedita respondiendo de estas tres interrogantes.

  2. CONSIDERACIONES SOBRE EL OBJETO PEQUEÑO A Y LA OBSCURIDAD DE LA COMANDA DE GOCE.

    Alan Daniel Morado Granados

    “No soy voluble, me adapto a los cambios del mercado” Publicidad de la revista Merca2.0 

    Un sujeto aborda el vagón del tren subterráneo que lo llevará a su destino. Luego de procurarse el precario espacio vital que necesita para sentirse dueño de su intimidad, aproxima el brazo hacia su bolsillo para extraer su teléfono celular. Pasados unos segundos de muda interacción recién su cara logra distenderse. Lanza unas miradas furtivas a los cuatro puntos como para asegurarse de que su entrono se mantiene inalterado, la gente en los asientos rara vez hace contacto visual, y quienes no esconden su cara tras un tabloide (los más jóvenes, por cierto), se encuentran en la misma posición cabizbaja admirando el cristal que no les devuelve su imagen invertida. En alguna de las paradas, en las que decenas entran, salen, se codean y se contorsionan cuidando celosamente el mínimo de interacción con los otros, entra en la escena un anciano y nuestro sujeto, advertido de la situación, se aproxima a tomar sus efectos personales como siguiendo una orden para ser el primero que ceda el asiento al recién llegado. Se asegura de no terminar la operación sin una última barrida con los ojos al espacio que le rodea. Se asegura de haber sido visto.

    La escena anterior, muestra del más aburrido de los días que pueda imaginar, da cuenta del poderoso efecto de una voz y de una mirada vueltas objeto. La cuestión no termina ahí. Las construcciones que se hicieron luego de Freud en torno al objeto y su estatuto como pivote de la vida diaria nos ayudan en el trayecto que nos lleva a interrogar los efectos subjetivos que esos objetos, los de dentro y los de fuera (por otorgarles una grosera clasificación inicial), generan al nivel de la enunciación. El hogar del Sujeto.

    La trayectoria que planteo en esta ocasión nos llevará desde la constitución del objeto a en la enseñanza de Lacan y sus soportes en la obra de Freud hacia los efectos visibles al nivel del mercado ejercidos por la comanda de adquisición de los objetos que se comercializan en el paisaje urbano. Vamos a transitar por los estatutos que ese a objeto, encarnado en una voz que conmina al goce, le convertirán en heredero del tránsito subjetivo por el campo del otro y al mismo tiempo abogado de la satisfacción de las pulsiones. Al final, las cuestiones que se soltaron luego del arado del campo fértil que vamos a transitar probarán su fecundidad al sembrar interrogantes que, en otro momento, habrá que responder.

    SOBRE EL OBJETO a Y EL MOMENTO DE CONSTITUCIÓN DEL SUJETO

    Lacan, desde sus primeros acercamientos al objeto a, lo consideró solidario de un momento estructurante de la subjetividad. La cuestión del objeto se soporta en el estatuto del objeto de la pulsión, heredado del modelo pulsional de Freud. Que para los años de Pulsión y Destinos de Pulsión, atravesaba por un cambio importante con respecto de lo establecido en Tres Ensayos Para Una Teoría Sexual. Ahí, Freud reconoció las pulsiones de apuntalamiento y las de no apuntalamiento diferenciándolas con el argumento que plantea que las últimas no implican zonas erógenas, en diferencia con las primeras. Propuso también 4 tipos pulsionales, a saber, oral y anal, dentro del terreno de las pulsiones de apuntalamiento y el placer de ver/mostrar acompañado por el par sadismo/masoquismo del lado de las no apuntaladas.

    Lacan daría una vuelta al tornillo de la cuestión cuando nombró el pecho, las heces, la mirada y la voz como objetos de las pulsiones, los últimos dos no con una raigambre particularmente freudiana y correlativos de los tipos pulsionales sostenidos en el par de opuestos. O sea el sadismo/masoquismo y el placer de ver/mostrar. Todos modos para Lacan de responder ante el goce del Otro. Cuestión que se va a tratar de plantear acá como una que atraviesa inexorablemente el momento de la constitución del Sujeto. En el momento primero, que no podemos olvidar que se funda a posteriori; tenemos algo que puede ser tomado como un cuerpo sin subjetividad. Desde Hegel, si se quiere, responde este cuerpo al ser natural que se opone con el Sujeto que adviene al lugar dado por el acto que se inscribe en la historia.

    Para responder a la pregunta que interroga sobre la constitución del Sujeto es necesario que se tome ese cuerpo dado (en realidad escribir cuerpo no es totalmente correcto, debido a que la teoría del Psicoanálisis toma al cuerpo como resultado de la operatoria simbólica sobre el organismo), que ha de transitar por el campo del Otro. Ahí se topará con un significante que en la medida que lo pueda incorporar (eso que Freud llamó la identificación primaria y Lacan, en su seminario dedicado a la identificación llamó trazo unario), genera una marca. Marca con la que el Sujeto va a poder nombrarse en lo sucesivo. Pronombre personal que permite nombrar al Sujeto como parte de la enunciación.

    Lacan nos dijo que el Sujeto era falta en ser, pero ¿Para qué viene al caso? Nos interesa porque ilustra la cuestión que se ilumina al preguntar qué es eso que le falta al Sujeto. Se puede decir que lo que le falta es la cualidad de no inscripción, resultado de la operatoria simbólica. Resultado del nom du pêre, del trazo unario. Le falta lo que era antes de advenir como Sujeto. Y de paso también se puede decir que el Yo viene en auxilio para posibilitar la inscripción en ausencia.

    Al mismo tiempo que esto ocurre, se produce algo con el valor de una separación. Se separa de lo que hasta ese momento había estado siendo. Constituye el objeto de una falta. El ser animado elemental representado como lienzo en blanco. El trazo unario como la marca que permite toda clase de orientación del lienzo en el espacio. Toda clase de orientación del Sujeto en la enunciación.

    Lo que sucedió fue el agregado de algo que también tiene el valor de un corte. Para ilustrarlo, el Lacan del seminario 23 propone la diferencia entre una esfera y un toro. Sin abordar el buque que nos llevaría a transitar por aquel océano, propongo vadear la cuestión indicando la afinidad topológica de este pedazo de papel y el que sirve para la escritura dentro de una carpeta, que está agujereado para que los anillos pasen a través de él. El ejemplo burdo nos permite pensar una pérdida en el terreno de la falta. Numerosos psicoanalistas han invertido incontables horas y papel diferenciando ambas pérdida y falta. El abordaje mismo de las formas de la falta a la altura de la significación del Falo en Lacan puede ser un buen derrotero que recorrer para ahondar en esa cuestión. Pero nuestro tiempo y espacio es limitado y no podremos sellar el pasaporte en aquel terreno tampoco. Solo acabemos de ilustrar la solidaridad entre la falta y la pérdida. La hoja en tanto indivisa está perdida. El objeto de la pérdida no es el objeto que se reconoce luego del corte. Es el objeto que el Yo toma por propio de su ser en un momento anterior a la efectivización del corte.

    La cuestión de la transferencia va a ser una muleta que nos servirá en los planteamientos ulteriores; es decir, la operación de constituirse al Otro como objeto de lo que me falta produce toda clase de diálogo con el Otro, de demanda hacia el Otro y también de posibilidad de amor con el Otro. La experiencia humana rebosa de momentos en que alguien se juega la vida por un objeto que representa apenas parcialmente a la totalidad que el Yo era. Cuando Freud publicó Introducción al Narcisismo hace cien años, indicó que el Yo Ideal, el objeto amado; representa el narcisismo perdido de la infancia. Lo que también se puede indicar como el valor de objeto fálico que el Yo era para mi madre.

    En los términos de Aristófanes, cuatro siglos antes de nuestra era, el amor representa un intento por reunirse con el todo que se perdió. Para constituirme como Sujeto. Invisible paradoja porque si yo me reúno con el objeto para poder constituir lo que era antes del trazo unario, es bastante probable que me esté aniquilando como Sujeto en esa operación. Porque esa pérdida es la condición de mi existencia en el terreno de la subjetividad. En el terreno de la enunciación.

    La cosa escala al tomar al amor como una promesa de hacer del semejante lo que me falta. Porque acá encontramos algo correlativo del placer de dominar los objetos. Freud abanderó por veinte años al sadismo como primordial simplemente porque lo encontró en el mismo terreno de la constitución del Sujeto. Para cuando publicó El Problema Económico del Masoquismo, en el 24, ya había propuesto, como resultado de la trasposición al exterior de la pulsión de muerte; un resto de la operación de constitución del Sujeto. Un resto. Ese resto es el pedestal donde Lacan, a la altura de su décimo seminario colocará el objeto petit a.

    CONSTRUCCIÓN DEL SUPERYÓ COMO UNA CLASE DE OBJETO a

    Cuando Freud publicó El Yo y el Ello, en 1923, lo nombró “heredero del Complejo de Edipo”, como se ha repetido incansablemente desde entonces, pero también lo llamó “abogado del Ello”. Es entonces un Superyó que como algunas especies de reptiles, mira hacia ambos lados. Es paradójico. Por un lado pretende domesticar el goce, pero resuena en su comanda de gozar. Bien. Si Freud se encontró con el Superyó (igual que con el masoquismo y anteriormente con el sadismo) en el momento de la constitución subjetiva, es, digamos, porque lo insensato de la voz del Otro se atempera por el Nombre del Padre. De nuevo. Lo real del objeto de la voz, esa voz incomprensible que en gran medida viene del Otro, pero que también, en el acto de separación se desprende del propio cuerpo; es enmarcado por la función paterna. Pero existe un resto que no es pasible de ser civilizado por la maquinaria del Complejo de Edipo. Ya toma sentido que el mismo que es heredero del Complejo de Edipo, sea el abogado de lo pulsional del Ello a través del resto de la voz que conmina a gozar.

    En 1963, cuando dictaba su décimo seminario (dedicado a la angustia) Lacan situó dos vertientes del objeto (resto de la operación de constitución del Sujeto) a. Como un puro resto real y como sostén del deseo, incluido en una escena. La inclusión del objeto en una escena es obra del encuadre fantasmático. La voz o la mirada, que tomaron nuestra atención al momento de recordar el subrayado lacaniano sobre los tipos pulsionales, son tramitadas por el axioma del fantasma. Y el asunto adquiere nuevas pistas para aterrizar. Apenas comenzar el seminario, Lacan indicó al fantasma como agente de la función que recubre la angustia. Ahí donde se produce el desnudamiento de lo real del objeto, donde vacila la función veladora del fantasma, es que el Superyó se hace escuchar. Esa comanda de goce, voz del Superyó, hace patente la deuda del agente paterno con su función. Hace patente, en el camino, también la deuda del Sujeto con el momento de su producción. No-todo el goce se domestica en su tránsito por la ley. Motor de la experiencia humana. Para poner la cuestión en términos del Lacan de los aparatos que formalizan su teoría, digamos que en el agujero del Otro S(A ) se cuela la voz del Superyó, como apuntó Lacan en ese mismo seminario.

    Años más tarde, Miller leyó al Superyó en el un vector en el grafo del deseo que conecta el lugar del Otro A, donde está escrito “voz”, con el vector del piso superior en donde se lee “goce” para hacer oír esa voz en el lugar del vacío del Otro, en el punto de S(A ).

    La literatura psicoanalítica ilustra de una forma esplendorosa como la insensatez de la voz del Superyó, vuelto sólo objeto, solo voz; se tematiza en el mandato. Hablamos del caso Ernst Lanzer, recordado con el infame sobrenombre de Hombre de las ratas. Ahondar en esta cuestión nos conduce forzosamente a abordar al Superyó como un significante, cosa que no sucederá con la precisión de los detalles.

    Lanzer y sus idas y vueltas sobre la comanda “Tú debes devolver al teniente primero A las 30 coronas” dejan entrever la voz superyóica que se hace oír incomodando al Sujeto y arrojándolo fuera del confort de su fantasma. Empuja más allá del principio del placer. Curioso comandante que ordena gozar, pero no indica cómo lograrlo. Lo que interesa subrayar de esta trayectoria es el superyó como un imperativo resonando en la calidad del objeto de la voz, en clara deuda con lo que Lacan formuló en su primer seminario, en 1954. Imperativo bipartito, estrábico.

    LA POSICIÓN PASIVA DEL GOCE INCESTUOSO Y EL REDONDEL DE LA DEMANDA DE GOCE.

    La cuestión que nos trae hacia el campo del goce, nos fuerza a recorrer su extensión sin detenernos más que sobre las paradas estrictamente necesarias. Nuestra licencia de tiempo y espacio es moderada. Para coincidir en los términos de la constitución del Objeto a, y sobre de aquello, la constitución del Sujeto, indiquemos que el goce aparece como indicador de la existencia. En solidaridad con lo que Freud anotó en el capítulo VII del Malestar en la Cultura. Habiendo señalado el estrabismo del superyó, que comanda al goce al mismo tiempo que pretende civilizar lo más que pueda de él, Lacan ilustró la cuestión de la comanda de goce de esta forma: “À « Jouis ! » je ne peux répondre qu’une chose, c’est « J’ouïs ! » (A Goza [Jouis], no puedo responder otra cosa que Oigo [J’ouïs]…)” (LACAN 1962-63, 91). La renuncia a la satisfacción pulsional no es suficiente y por eso la comanda de goce se vuelve un imperativo. Frente al imperativo superyóico las configuraciones subjetivas toman las formas más diversas. De cualquier manera, la voz que comanda deviene un significante incorporado. Se inscribe como ausencia. En el capítulo VII de la Interpretación de los Sueños, en el punto B, Freud lo dejó claro al decir que la huella mnémica es una alteración de la percepción. Atravesamos el terreno del Ideal del Yo. Solidario de un aplacamiento de la demanda del Otro.

    La situación vuelve a dar un giro cuando al anudar al Ideal del Yo con el estrabismo del Superyó el Sujeto vacilará en su seguridad sobre la condición del deseo del Otro. ¿Cómo es que el Otro me quiere?. Sin ir en contraflujo de nuestro crucero, vale la pena invertir la mínimamente digna cantidad de espacio para recordar la consideración que se blanquea al preguntar ¿Qué es el Sujeto para ser lo que el Otro recién dijo? La marca que recibe el sujeto del Otro, esa que posibilita toda orientación en el espacio y que da toda locación en la enunciación; produce un Sujeto que se logra constituir en los términos de la separación con respecto de la condición de no-ser, yendo al lugar de la marca para lograr constituirse fuera de ese significante. Quizá convenga señalar la cara enteramente simbólica del paraje que estamos transitando. Ahí donde el Sujeto adviene a la existencia sólo en la condición del significante, es posible advertir la holofrase como condición de ese significante. Detener el tren de nuestro planteamiento en esta estación sirve al propósito de volver a transitar por aquí en otra dirección, que más adelante tomará sentido a la luz de la cuestión de la letosa. Por ahora señalemos la rigidez de la holofrase en tanto no existe la posibilidad de ninguna clase de chiste ni equívoco en el campo del significante holofraseado. Tú eres eso y nada más que eso. Al ser la holofrase la característica del significante que toma la forma de la voz del Superyó, nos encontramos con la cuestión princeps de nuestro recorrido. Cuestión a ser transitada nuevamente en el futuro.

    Volviendo al estrabismo del Superyó, tomando su cara como imperativo del goce; podemos retomar la referencia freudiana de “el Superyó recibe la energía de investidura de las fuentes pulsionales del Ello” (FREUD 1923) cobro de honorarios de abogado. Aparece un punto de indeterminación y de cuestionamiento del deseo del Otro. Por eso es la angustia más dura, nos dice Freud. Pero por el otro lado, como no hay posibilidad de certeza acerca de lo que el Otro quiera, el Sujeto estará pendiente de los signos de aprobación o desaprobación del otro. Aparece la posibilidad de una dimensión desmesurada del Otro. Sin medida. Inconmensurable.

    La cuestión puede ser ilustrada por el ejemplo de un Sujeto que presente cualquier tipo de adicción. Como el sujeto del primer párrafo. Por ejemplo, a la Internet. La cuestión pasa de interrogar por qué tanto tiempo en la Internet, hacia su correlato. Aún podría estar las 24 horas del día, los siete días de la semana y las cincuenta y dos semanas del año con la cara en la pantalla. Efectivamente eso que Freud ubicó como la cuestión compulsiva, indica que el Sujeto aún no se ha hecho uno con el Otro. El sentimiento oceánico del Malestar en La Cultura. Al mirar con cuidado la cuestión que se acaba de iluminar los abordajes sobre las adicciones vienen a otro terreno. Sucede lo mismo en el campo de las drogas. El registro subjetivo indica que todavía falta mucho para hacerse uno con la droga. Lo mismo ocurre con la adicción a las pantallas. Ese hacerse uno con el Otro recibe el nombre de goce incestuoso. Ese goce incestuoso es también un heredero del Complejo de Edipo. Resultado de la no-total intervención de la maquinaria edípica. Resto que ilumina la falla del nom du pêre. No olvidemos que al tomar al goce por existencia, en el punto donde el goce se desvanece también se desvanece, en consonacia con la holofrase del significante del goce, la subjetividad misma. Interesante. Por fuera de donde se goce la existencia está puesta en suspenso.

    El correlato de la cuestión incestuosa es la posición pasiva del Sujeto. Una cuestión de estructura. Como objeto de la satisfacción del Otro, el Sujeto toma una posición pasiva en el terreno de la cuestión del goce incestuoso. Hay vertientes de pensamiento más o menos en auge que toman a estos objetos como objetos de goce. Lo serán quizá desde una de las perspectivas de la sociología. No es tan complicado advertir la subversión de la cual el saber psicoanalítico es agente si se ilumina la característica del supuesto objeto de goce de ser condición de goce. No se trata de tomar, se trata de ser tomado por el objeto. No es que no se pueda dejar la Internet en el caso que se mencionó antes, es que no se le puede faltar a la Internet. Se advierte el potencial subyugante del objeto que encarna una demanda de goce de ese Otro que aparece oceánico, insaciable. Gózame, gózame. Justo como los anuncios que inundan la superficie de la tierra humana.

    DEL ALETOSARIO Y LA OBSCURA ACTUALIDAD DEL MERCADO DE GOCE

    Luego de que Lacan armase el aparato de formazación que conocemos como Los Cuatro Discursos, particularmente en la época de Radiofonía y Televisión, en el albor de la década del 70, y sobre todo a la altura de décimo séptimo seminario, L’Envers du Psychanalyse; sobrevino en el mundo occidental un auge sin precedentes de los objetos de producción masiva que atestiguan el espíritu más esencial del capitalismo de nuestra época. Cuando en Milan, en mayo de 1972, Lacan propuso lo que a sus ojos sería una “ínfima transformación” en el Discurso del Amo para constituir el Discurso del Capitalismo; no fue suficientemente clara la condición de discurso en este reordenamiento porque no apunta a la creación de un lazo social. El capitalismo es un sistema vinculante, sí. Pero vincula mercancías y compradores.

    En realidad, nos hemos detenido acá muy brevemente para señalar una de las aristas del abordaje del objeto pequeño a. Esa en la que el mercado ofrece objetos para el consumo. Las consideraciones que podamos construir en clara deuda con el pensamiento de Colette Soler y lo que ella comprendió del concepto de letosa, las vamos a articular con lo que ya presentamos del objeto petit a.

    Rápidamente aprovechemos para recordar que en 1867 Marx publicó Das Kapital. Al poco de comenzar la obra, el autor dijo enunció un parágrafo sorprendente. “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”. El capítulo XXIV se intitula “Los tesoros expoliados fuera de Europa directamente por saqueo, por la esclavización y las matanzas con rapiñas, refluían a la metrópoli y se trasnformaban allí en capital” (MARX, 1867, 891). Aquello de lo que son expoliados algunos, es capitalizado por otros. Podemos advertir que en estos parágrafos Lacan fue a abrevar para poder denominar plus de gozar al objeto petit a. Lacan encontró en la aletósfera una conjunción de nuestra atmósfera plagada por interminables filas de objetos que se comercializan sosteniendo la maquinaria de su discurso-no discurso del capitalismo. Lacan profeta. El mundo de inicios del siglo XXI presenta objetos que comandan el goce. Cajas huecas llenas de viento que resuenan con el valor de la voz superyóica que conmina a la adquisición de la letosa en virtud de la completud perdida en el momento de la constitución subjetiva. Cosa fuerte. Los gadgets ahora suenan con la voz simulada de un sujeto que indica. Tienen cámaras que vigilan como el ojo sin párpado del superyó. Pero la cosa no se limita a los gadgets tecnológicos, al amplio catálogo de smartphones y tablets que inundan las vitrinas. Presenciamos todo bien vuelto gadget. El alimento, los adminículos, las herramientas, el vestido y el sustento gritando al unísono ser consumidos. Y desechados. Cuando Marx dijo “Todas las mercancías son no-valores-de-uso para sus poseedores, valores de uso para sus no-poseedores. Por eso tienen que cambiar de dueño” (Ibíd., 104-105), armó el camino sobre el que las hordas de psicoanalistas formularan una clase de valor-de-goce. Desde esta perspectiva, ir a un Shopping centre no es sino ir a un lugar en el que las mercancías, desde las vidrieras, nos gritan “goza, goza de mí, cómprame. Estos objetos, que más bien objetalizan a quienes tienen la ilusión de ser sus poseedores, como el tipo del inicio con su celular. ¿Cuál es la tarea del analista frente al objeto a holofraseado con su función de letosa en el marco de la experiencia del análisis? ¿Se debe advenir al lugar de la letosa o del objeto a? O sea, para empezar, ¿Existe alguna clase de Psicoanálisis sin el mercado? ¿No habrán estado poblando el mundo en función de objeto-letosa a desde bastante tiempo atrás? A lo mejor en el basto mundo de la Internet, escondida, hay alguna respuesta. Llegamos a la estación de destino. Guarda su celular y sale del tren.


    Referencias bibliográficas: -FREUD, S. (1900) “La Interpretación de los Sueños”, Obras Completas, Amorrortu , Buenos Aires 1986. -FREUD, S. (1901-05) “Tres Ensayos de Teoría Sexual”, Obras Completas, Amorrortu , Buenos Aires 1986. -FREUD, S. (1909) “A Propósito de un caso de Neurosis Obsesiva”, Obras Completas, Amorrortu , Buenos Aires 1986. -FREUD, S. (1915) “Pulsión y Destinos de Pulsión”, Obras Completas, Amorrortu , Buenos Aires 1986. -FREUD, S. (1921) “Psicología de las Masas y Análisis del Yo”, Obras Completas, Amorrortu , Buenos Aires 1986. -FREUD, S. (1923) “El Yo y el Ello”, Obras Completas, Amorrortu , Buenos Aires 1986. -FREUD, S. (1929-30) “El Malestar en la Cultura”, Obras Completas, Amorrortu , Buenos Aires 1986. -HEIDEGGER, M. (1961). Nietzsche, Destino, tomo I, Barcelona, 2000. -LACAN, J. (1953-54). Los Escritos Técnicos de Freud. El seminario. Libro 1, Paidós, Bs. As., 2002. -LACAN, J. (1958). “La dirección de la cura y los principios de su poder”. En Escritos 2, Siglo XXI, Bs. As., 1998, -LACAN, J. (1965). “La ciencia y la verdad”. En Escritos 2, op. cit., pp. 834-857. -LACAN, J. (1970). El reverso del psicoanálisis. El seminario. Libro 17, Paidós, Bs. As., 2002. -MARX, K. (1867). El capital, Siglo XXI, tomo I, Bs. As., 1992. -MILLER, J. (1981). “Teoría de los Goces” en Recorrido de Lacan, Ed. Hacia el Tercer Encuentro del Campo Freudiano, Buenos Aires, 1984. -SOLER, C. El padre síntoma, Multitext, Medellín 2003, -PLATÓN (2003). Diálogos. Obra completa en 9 volúmenes. Volumen III: Fedón. Banquete. Fedro. Editorial Gredos. Madrid.

  3. Inhibición

    Inhibición  ¿ un relato o un estilo?

     

    El relato de una inhibición  plantea una cuestión muy específica en el quehacer clínico, el de  la intervención analítica. En primer lugar me pregunto ¿cuál es el quehacer del analista frente al relato de una inhibición? ¿Interpretar para levantarla? ¿ O apenas darle lugar, con la paciencia de un cazador a la espera - y al acecho-  de que esa escucha silenciosa pueda ocasionar qué en algún momento salga el síntoma de su madriguera ?  

    Por otro lado, tampoco me queda claro si cuando un paciente relata una imposibilidad de actuar frente a algo, si eso puede ser leído como una inhibición, una modalidad de respuesta ( ¡enroque!) o un síntoma a ser descifrado.

    Teniendo en cuenta de que lo que nos llega es un relato, tal como planteó Freud en la definición sobre qué se escucha de un sueno , ese no poder hacer frente “a” algo dá cuenta de la fantasía y del objeto implicado.

     

    Alusiones a algunos textos de Freud….

     

    Freud a lo largo de su obra relaciona a la inhibición con varios conceptos diferentes. En algunas de sus cartas y primeros escritos aparece el vínculo de la inhibición y la conformación del aparato psíquico.

    En la carta 46, Freud pensó a la inhibición como una inhibición en el pensar. Cuya causa específica sería que una escena actual, activaría una escena anterior, cargada de un exceso de libido. Podríamos plantear entonces a la inhibición de pensar como un detenimiento asociativo entre las dos escenas, determinado por su carácter sexual hiperintenso. Creo lo más importante de esa formulación, es plantear a la inhibición como la marca de un exceso.

    En la carta 52, la inhibición aparece bajo la forma de defensa normal. Qué estaría convocada a operar “a causa de un desarrollo de displacer”, como un desvío excitatorio en la conformación del aparato psíquico. En otras palabras, como un hecho de estructura  que se volvería activo cada vez que un desprendimiento de displacer ocasionado por un recuerdo amenazara el funcionamiento del aparato:   “cada reescritura posterior inhibe a anterior y desvía de ella el proceso excitatorio… Si el suceso A despertó cierto displacer cuando era actual, la trascripción-recuerdo AI o AII contiene un medio para inhibir el desprendimiento de displacer en caso de re-despertar. Cuando más a menudo se lo recuerde, tanto más inhibido terminará por quedar ese desprendimiento.”  La  inhibición tendría entonces la función de prevención de un futuro desprendimiento de displacer por un lado, y por otro la regulación misma de esa cantidad por la vía de la rememoración de esa trascripción-recuerdo.

    También señala en esa carta, que hay un caso, para lo cual la inhibición no basta para cumplir su función: “Si A, cuando era actual, desprendió cierto displacer, y al despertar desprende un displacer nuevo, entonces no es inhibible. El recuerdo se comporta en tal caso como algo actual. Y ello sólo es posible en sucesos sexuales, porque las magnitudes de excitación que ellos desprenden crecen por sí solas con el tiempo ( con el desarrollo sexual)”.

    Freud asevera que no todas la vivencias sexuales son factor de desprendimiento de displacer y que en su mayoría desprenden placer; Y siendo la reproducción de esas vivencias placenteras una compulsión.  De manera que el aparato reacciona de la siguiente forma : ‘cuando una vivencia sexual es recordada con diferencia de fase,  a raíz de un desprendimiento de placer se genera compulsión, a raíz de un desprendimiento de displacer, represión. En ambos casos la traducción a los signos de la nueva fase parece estar inhibida.’

    Siendo el destino del desprendimiento de placer,  el de una compulsión( una tendencia  a una acción para un intento de reproducción)  y la de un displacer, la represión( ésta siempre fallida, en el sentido de que la represión nunca ocurre con total éxito, retornando por la vía del síntoma), eso podría sugerir  que tanto en el placer como en el displacer, por su carácter y marca de un exceso,  actúa la inhibición . De manera que la inhibición va operar sobre las cantidades, sobre el afecto.

    Pareciera en ese momento del desarrollo de Freud,  que la inhibición es una reacción del aparato ocasionado por un hueco estructural característico de la falla de traducción de huellas de una fase a otra. Razón por la cual de esa inhibición no tendríamos noticia sino por su destino de compulsión o represión.

    En otros momentos de su elaboración teórica,  quedan planteadas las relaciones del yo con la inhibición. Siendo sobre el Yo donde la inhibición recae.

    En “Introducción al Narcisismo”, queda planteada la relación de constitución del yo y de sus objetos. En el caso de las neurosis, el vínculo con la realidad  ha sido resignado. Pero que no ha sido cancelado el “vinculo erótico con personas y cosas. Aún lo conservan en la fantasía; vale decir: han sustituido los objetos reales por objetos imaginarios de su recuerdo o los han mezclado con estos, por un lado; y por el otro, han renunciado a emprender las acciones motrices que les permitirían conseguir sus fines en esos objetos”.

    En la lectura de Hamlet, Cap. 6 de Interpretación de los sueños, Freud se pregunta qué paraliza la acción Hamlet . Señala que el personaje no estaba completamente inhibido en todo. Que su inhibición tenía que ver con algo muy específico, que podía hacer muchas cosas menos vengarse del asesino de su padre, por pedido del espectro de éste. Aparece ahí el vinculo de inhibición y culpa, pues el conjunto de la escena remitía a Hamlet a una realización de un deseo infantil incestuoso y reprimido : matar al padre para así quedarse con la madre. Freud lee en esa detención la relación entre inhibición y pulsión. Las otras señales que indican que inhibición y pulsión están conectadas son los diques levantados contra ella y usados en la inhibición, el asco y la vergüenza.

    En las neurosis obsesivas, pareciera que el vínculo de los afectos y la inhibición están más nítidos. La inhibición va tener como fundamento el amor y el odio, respecto a la ambivalencia de los sentimientos presente en esa categoría neurótica respecto al objeto; frente a lo cual inhibe un acto. Donde el odio inhibe al amor dificultando así a la capacidad de amar. También la inhibición de la conclusión reflejada por la duda y las cavilaciones de pensamiento.

    En el primer capítulo de Inhibición, síntoma y angustia, Freud afirma, “en la descripción de fenómenos patológicos, nuestra terminología nos permite diferenciar entre síntomas e inhibiciones, pero no atribuye gran valor a ese distingo”. Sin embargo, su interés en poder distinguir a ambas, parte de casos clínicos donde pacientes presentan solamente inhibiciones y ningún síntoma. “No han crecido los 2 en el mismo suelo. Inhibición tiene un nexo particular con la función y no necesariamente designa algo patológico: se puede dar ese nombre a una limitación normal de una función”. Las limitaciones de las funciones del yo descritas en el texto atañen a : la función sexual, la alimentación, la locomoción y el trabajo profesional. 

     

    ¿ Jaque-mate a la inhibición?

    Pareciera que según Freud la inhibición cuando deviene síntoma es interpretable, pero no totalmente. Que no va poder llegar a una completa resolución por sus vinculaciones con el aparato. Por un lado, tiene que ver con la conformación del yo. Que tiene a su cargo inhibir o regular cantidades provenientes de otras instancias psíquicas.   Y además, el Yo en sí mismo no es objeto de interpretación, lo es el inconsciente transferencial.

    Siendo la inhibición, una acción de ese Yo que no se interpreta, es también una modalidad de defensa normal, estructural. Pero que puede devenir patológica, y sintomatizarse cuando esa regulación yoica falla. Esa “falla” en el Yo podríamos llamar irrupción o formación del inconsciente.  Y ahí aparece la intervención analítica.  

    Pensando las relaciones de la inhibición devenida síntoma y  una terminación provisoria de un análisis, Freud afirmaba que le parecía suficiente cuando un paciente recuperaba su capacidad de trabajar y amar.

    El trabajo aquí pareciera que tiene vinculaciones con poder despejar el campo de la cavilación, de poder ejecutar una tarea. Una especie de reflejo del vinculo del Yo con su capacidad ( o autorización) de regular una función motriz acorde con la ejecución implicada en la culminación de una producción. Podría pensarse el trabajo como sublimación ( sin el glamour artístico) de la meta de la pulsión sexual, un destino diferente al de represión por la vía  inhibición-síntoma?

    ¿La capacidad de amar restituida, sería una resolución de la relación  de ambivalencia amor-odio frente al objeto? Freud sugiere que lo inverso tanto del amor como el odio es la indiferencia…  Por otro lado, parecería que la restitución de la capacidad de amar, sería una suerte de  “tablas” con el Ideal del yo. Qué levantaría esa inhibición “la cura por el amor”.

    La inhibición, por otro lado, no sería el testimonio de la  imposibilidad de la relación con el objeto perdido por estructura?   No siendo necesariamente un síntoma, pero una reacción de detención de la creación, un estilo, de sustitución en el lugar de eso que no existe? 

    Respecto a la  interpretación, Freud plantea un punto inaccesible. El ombligo de los sueños es una metáfora de eso que no es posible acceder.  Los restos sintomáticos para Freud daban cuenta de eso imposible de resolver. Ahí, el que detiene su acción interpretativa es el analista. Pero no siendo eso una inhibición, sino un punto de imposibilidad planteada por Freud.

     

    Paseíto por Lacan…

     

    Lacan, localiza a la inhibición como el inicio de una serie ubicada en la dimensión del movimiento del sujeto; más precisamente en la detención de un movimiento. Destaca que ese movimiento es de carácter metafórico, ya que sucede en el discurso. Es antes que nada el relato de una detención y consecuentemente, una posición del sujeto  “estar inhibido es un síntoma metido en el museo”.

     

    Se puede pensar así a la inhibición como algo estabilizado respecto al desconocimiento y a la detención de la satisfacción de un goce respecto a un objeto.  Sucede en la inhibición la petrificación de la imagen especular, una captura narcisista. Cristalizando así a un ser.  

    Por eso la inhibición no refiere sino alusivamente a su causa, opacando la relación de saber respecto al goce en ella. En otras palabras, es un primer movimiento que impide  que la barradura recaiga sobre el sujeto cuando se aproxima al objeto.

    Si la inhibición es una modalidad ( ¿ posición ética?)  de no vérselas con la angustia ni con el deseo , la función del analista no sería exactamente levantarla. Pero si escucharla como una brújula, que permitiría  orientar acerca de la posición del sujeto barrado con relación al objeto implicado en el fantasma . Ya que la inhibición en sí misma es un indicio del objeto “a”, posición que el analista hace semblante, pero un falso blanco en lo que atañe al acto interpretativo. Para interpretar habría esperar a que aparezca la división subjetiva para así puntuarla y conmover algo de la posición del sujeto por la vía de los significantes en los cuales se representa.

    Lacan en la clase 1 del seminario El acto analítico, pone en discusión identificar la acción a la motricidad. Por lo tanto, también pone en cuestión pensar a la inhibición por esa vía.  Define que la acción no es necesariamente motriz, tampoco una descarga de tensión, no ubicando así al acto ni por el camino de la motricidad ni el por el de la descarga. Nos indica ubicar en el relato, “su correlato significante”. Y dimensiona la idea de acto en ese nivel : “el correlato significante que no falta jamás en lo que constituye un acto: puedo acá caminar a lo largo y a lo ancho mientras les hablo, esto no constituye un acto, pero si un día, por franquear un cierto umbral yo me pongo fuera de la ley, este día mi motricidad tendrá valor de acto”.

    Podríamos pensar entonces a la inhibición cómo una defensa al sujeto barrado, una protección y mantención de la sujeción a la cadena significante? Siendo así, la inhibición aquí planteada se presentaría como división y angustia? La neurosis entonces podría ser planteada como una sujeción a una ley que tiene como consecuencia frenar un acto de nominación y su relación con el saber/ficción de la imposibilidad en lugar de la impotencia?

    Lacan compara la estructura del acto, con la estructura de la poesía y cómo esta opera sobre el lenguaje : “es esencial, está en el punto central, es la visión poética, propiamente dicha de la cosa. La poesía también, eso hace algo. Y lo que hace es poner al sujeto en acto.

    Bibliografia

    Apuntes de clase.

    Freud, Sigmund. Obras completas Tomo I. Cartas 46 y 52.

    Freud,Sigmund. Obras completas Inhibición, síntoma y angustia.  Capítulo I de Inhibición, síntoma y angustia.

    Freud Sigmund. Obras completas, La interpretación de los sueños, capitulo 6.

    Lacan, Jacques. Seminario 10. Capitulos I, XXIII y XXIV

    Lacan, Jacques. Seminario 15. Capitulo I

Ya hace mas de un siglo del surgimiento del psicoanalisis como disciplina, como ciencia, como modo de explicar en lo posible lo humano, la existencia.

Muchas cosas implican al psicoanalisis, cuestiones que hay que nombrar, referir, analizar, y sobre todo tener mucho cuidado a la hora de teorizar, pues una de las cuestiones de las que se percata el psicoanalisis es que la realidad y la verdad no existen, que son una ficcion, Y es alli donde el hacedor del arte, el artista, por medio de su arte puede atreverse y tener la suficiente valentia, para senalar, mostrar, develar cuestiones de lo humano, del lenguaje, de la vida y la existencia.

(A)rte surge como una mirada desde el psicoanalisis y sus disciplinas afines, a muchas maneras de expresion del arte, y pensando el psicoanalisis en si mismo como otra forma de arte, que pretende divagar en lo dificultuoso del estudio del hombre.

El psicoanalisis se entiende con el arte porque no intenta dar explicacion. Por el contrario, esta atento a lo que explica. Es una vision externa que no compromete la naturaleza de la manifestacion que admira, y en cambio respeta lo que tiene enfrente lo suficiente como para apreciarlo por lo que es.

No se trata de aportarle algo al arte desde el psicoanalisis, sino de todo lo contrario: de lo que el arte, incluso hasta en sus manifestaciones mas cotidianas, puede aportarle al psicoanalisis. De sus preguntas, de sus respuestas, y sus constantes sacudidas.

Hablar del arte es hablar de uno mismo, porque no podemos ver si no a traves de nuestros propios ojos.

Pero ¿Como saber si lo que vemos es correcto? ¿Como asegurarnos de que nuestras miradas e interpretaciones del mundo son verdaderas y eficaces?

Aqui no pretendemos la verdad absoluta ni la interpretacion correcta, pero es naturaleza (por lo menos nuestra naturaleza) explicarnos el mundo, la vida, el arte, esas cosas que son dificiles, si no imposibles, de responder.

Este es el lugar para preguntarnos y concebir una respuesta posible, que finalmente sera incompleta y fallida. La idea es que te preguntes y que consigas tus propias respuestas.

(A)rte
Otro arte